Cuando llegó al lugar donde quería ir, se puso a enterrar su varilla de hierro en la tierra. Hacía un hueco donde ponía una bellota y luego lo tapaba. Plantaba encinas. Le pregunté si la tierra le pertenecía. Me respondió que no. ¿Sabía de quien era? No lo sabía. Suponía que eran tierras comunales o tal vez propiedad de alguien a quien no le interesaba. A él no le preocupaba saber quiénes eran sus propietarios. Así, con extremo cuidado, plantó sus cien bellotas. Después del almuerzo empezó otra vez a escoger sus simientes. Creo que puse bastante insistencia en mis preguntas ya que contestó a ellas. Hacía tres años que plantaba árboles en esta soledad. Había plantado cien mil. De los cien mil, habían brotado veinte mil. De esos veinte mil, sabía que iba a perder la mitad a causa de los roedores o de todo lo que no podemos prever en los designios de la providencia. Quedaban diez mil encinas que iban a crecer en este lugar en el que antes no había nada.
Cuando pienso que un hombre solo reducido a sus simples recursos físicos y morales fue suficiente para hacer surgir del desierto este país de Canaan concluyo que, a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero cuando hago cuenta de toda la constancia que hizo falta para mantener la grandeza del alma, cuando constato cuanta encarnizada generosidad fue exigida para llegar a este resultado, me invade un inmenso respeto por este anciano campesino sin cultura que supo llevar a bien esta obra digna de Dios.

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