viernes, 23 de agosto de 2013

El viaje íntimo de la locura

Dicen que tengo poca perspectiva, que yo no cuento, que sólo soy una lombriz. Y eso no lo discuto. Soy una lombriz. Sí, una lombriz de tierra. ¡A mucha honra! 

En el jardín hay un cerezo dormido, pero parece muerto. Este otoño comenzó a sentirse apático, y la dejadez se apoderó de su espíritu. La vida, cansada de verle abúlico y desastrado, decidió que lo mejor sería que se tomaran un tiempo para reflexionar sobre su relación, y se marchó de vacaciones, dejándole en un estado de abatimiento que hizo que se fuera consumiendo poco a poco hasta que acabó por convertirse en lo que es ahora: el aletargado esqueleto de un cerezo; una osamenta de madera clavada al suelo, que solo espera que regrese la vida.


Porque un amigo no es una persona a la que uno se encuentra sólo por casualidad, ni alguien con quien se coincide, por muy a menudo que esto suceda. A los amigos se les va a buscar, o se les espera, o se les llama, o se les piensa.

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